octubre de 2011, por Daniel Galvalizi
El accidente nuclear de Fukushima, en el norte de Japón, fue el más grave en lo que va del siglo y el peor desde el acontecido en Chernobyl en 1986. Aunque su potencia simbólica es inigualable, ya que el colapso de la central atómica nipona –provocado tras el sismo ocurrido en el archipiélago en marzo pasado- sucede en plena era de las telecomunicaciones, donde lo que pasa en el remoto Japón puede ser visto al instante desde un teléfono móvil al otro lado del planeta.
Algunos países decidieron no seguir adelante con sus planes de avanzar en energía nuclear, como Alemania, a pesar de sus ventajas económicas frente al costoso petróleo. Sin embargo, en la Argentina se inauguró el mes pasado la nueva central atómica Atucha II y se anunció la construcción de dos más en el corto plazo.
Más allá del peligro nuclear, también está el factor de hacer una energía sustentable con el medio ambiente. El gobierno argentino destinó 10.200 millones de pesos (casi 2.500 millones de dólares) en la puesta en marcha de la central, que está ubicada a sólo 80 kilómetros de la aglomeración urbana donde viven 16 millones de personas: Buenos Aires.
Es loable buscar ampliar la capacidad energética de un país y hasta entendible querer abaratar los costos de suministro, y a su vez cortar la dependencia del petróleo. Pero, ¿por qué no destinar esa suma de dinero al desarrollo de energía eólica, solar, biogas, biocombustibles e hidroeléctrica? ¿Por qué no aprovechar las ventajas comparativas del país en donde sobra el viento, el sol, material biodegradable, territorio fértil y agua dulce?
Apenas comenzó a funcionar la central, gases constantes comenzaron a emanar de su chimenea principal. ¿Se previeron formas de paliar esa emisión de gases con la compra de bonos de carbono o de eficientización energética, especialmente siendo Atucha II un emprendimiento estatal?
Si bien es meritorio que, dos días después de la inauguración, también se puso en marcha el parque eólico más grande de América del Sur (en la provincia patagónica de Chubut), con Atucha II se le dio la espalda al medio ambiente y al fantasma de Fukushima. Motivo que por sí solo alcanza para justificar el artículo sobre una reconversión energética, que publicamos como nota principal en esta edición en la sección Medio Ambiente.

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