El fútbol, una causa nacional
julio de 2010, por Juan Pablo Estévez
La pelota zigzaguea alta, bien alta, por el cielo de Sudáfrica y miles de almas palpitan, intensamente y desde el otro lado del océano, al ritmo de la mejor música popular en que, por estos días, se convirtió el fútbol. Es que en la Argentina y en América Latina actualmente se desayuna fútbol, se almuerza fútbol, se merienda fútbol y se cena fútbol.
Las calles de las ciudades, abarrotadas de personas mirando los partidos en las vidrieras que tienen televisores en exhibición, así lo demuestran: no importa que jueguen Argelia, vs. Eslovenia o Serbia contra Ghana… cualquier excusa es buena para sentarse frente a la tele, tomar un café, hacer encabronar un poco a la novia porque no se le dedica tiempo y disfrutar de un buen espectáculo deportivo, que se vuelve más peculiar y atrayente porque sólo ocurre cada cuatro años. Fútbol y política
Pero… ¿Qué hace a la copa del mundo tan interesante? Antes que nada, el mundial es pasión sublime porque allí todo puede ocurrir: cualquier país, hasta el más débil, puede derrotar al más fuerte. Incluso un estado que fue colonia de otro puede tomarse revancha y doblegar en la cancha a quien fuera su opresor, tal como sucedió en la inauguración del mundial de Corea – Japón 2002, en donde Senegal dio un gran batacazo y derrotó a Francia por 1 a 0.
Los partidos mundialistas a veces tienen condimentos políticos. El 22 de junio de 1974 en Hamburgo, Alemania, se enfrentaron dos selecciones que compartían una historia común pero que representaban dos paradigmas políticos distintos y estaban divididas por un muro de cemento que pretendía simular que esa historia no existía. Fue el día en el que Alemania Democrática (de ideología comunista) derrotó a Alemania Federal (capitalista). El partido fue muy especial porque nunca antes en la historia había quedado tan expuesta, en una cancha de fútbol, la situación del mundo durante la Guerra Fría: de una lado 11 alemanes del Este (comunistas), del otro 11 alemanes del Oeste (capitalistas), únicamente separados por una línea de cal. Mientras, en las tribunas del estadio sólo podían apreciarse los colores tradicionales alemanes: rojo, amarillo y negro, desde ambas hinchadas.
Otras rivalidades suelen quedar expuestas. Algunas más simpáticas como la pelea Argentina-Brasil. Cuando Brasil quedó fuera del mundial, eliminado por Holanda, en la Argentina hubo festejos; seguramente, este sentimiento no es sólo futbolístico. Otras peleas están más vinculadas a esa actitud. En un soleado 22 de junio de 1986, en el estadio Azteca de México, la Argentina se enfrentó por primera vez en un mundial con Inglaterra, luego de la guerra por las Islas Malvinas que había perdido en 1982. El partido tuvo dos condimentos adicionales: un gol con la mano –el de “la mano de Dios”- y el que muchos califican como el mejor gol de la historia de los mundiales, protagonizado por Diego Maradona. La Argentina ganó 2 a 1 en los cuartos de final y la mayoría de los argentinos sintió que esa victoria le ayudaba a recuperar de alguna manera el orgullo perdido por la derrota en la guerra. Por supuesto, la victoria no reparó el dolor de las vidas perdidas en esa inexplicable batallla de 1982.
Mientras se juegan los torneos regulares, el público se divide en dos: los que lo siguen (en distintos grados) y los que no les interesa nada de nada. Cuando llega el mundial, la sociedad parece futbolizarse y todo el mundo habla sobre fútbol, opina, discute y señala quién tiene que jugar y quién no. Uno camina por las calles y escucha en todo cruce verbal alguna referencia a algún jugador, explicaciones geográficas sobre los equipos, cálculos matemáticos para ver quién clasifica, opiniones bizarras de quienes nunca miran partidos y no entienden bien qué pasa, comentarios de señoras que se apropian de expresiones futboleras sin entender qué significan… y como se decía al principio, los más apasionados que quieren mirar hasta el último partido y suspenden el cumpleaños de su madre por un Eslovenia-Estados Unidos.
El fútbol se vuelve, entonces, una causa nacional que despierta el fervor popular y de la que está pendiente todo un país. La gente se junta a ver los partidos en bares, en sus casas con familiares y amigos o con los compañeros de trabajo en un recoveco de la oficina frente a un televisor salvador, tal vez comprado por los mismos empleados o robado de algún sótano perdido. Todo sea por ver los partidos durante el horario laboral. Por supuesto, la oficina ya no se paraliza sólo para ver a la selección local. En la Argentina los ratings de los partidos de las selecciones de Brasil, Uruguay, Paraguay, España, Italia, entre otros, superaron los 30 puntos, cifra que sólo consiguen los programas más exitosos del horario central en que la gente llega a su casa. En este caso los partidos se juegan a las 11 y a las 15.30. Evidentemente, la gente disfruta de verlos en su trabajo.
Las calles, vacías cuando juega la selección, se encienden luego con la euforia popular, porque son el lugar en el que la gente decide volcarse, masivamente, a festejar los logros por cada nuevo partido ganado. En esos días festivos los gorros, las banderas y las vinchas se apoderan del espacio público y el sentimiento de comunión entre la gente parece volverse interminable: no importa que un hincha con la camiseta de Boca o uno con la de River estén al lado mirando el partido.
Ése es uno de los mayores efectos que logra una Copa del Mundo: que la gente se olvide de sus discrepancias y se dedique a alentar, en conjunto, al equipo que representa a su país.
Los medios de comunicación se hacen eco del furor mundialista y tienen que llenar sus páginas y horas de pantalla con un sinnúmero de notas y noticias a través de sus enviados especiales. La televisión, por su inmediatez, es la ventana al mundo de esos fanáticos que siguen todos los sucesos que ocurren en Sudáfrica desde sus casas.
La diversidad de información es amplia por la gran cantidad de medios que cubren el mundial, aunque muchas veces las noticias no son tan convincentes porque los enviados especiales se empecinan con llenar las horas de pantalla con notas triviales, que muchas veces no terminan de generarle un valor agregado a la información.
Y obviamente, entre tanta noticia, los comentaristas empiezan a opinar sobre los equipos. Y a los técnicos no siempre les gustan esas opiniones críticas. Cuando la Argentina logró clasificarse al mundial venciendo a Uruguay por 1 a 0 en el estadio Centenario de Montevideo, su entrenador Diego Maradona, se despachó contra el periodismo argentino diciendo que le habían jugado sucio al grupo y que lo habían subestimado, coronando el embate con algunas groserías.
Lo mismo se repitió con los DT de Francia, Brasil, Inglaterra… Frente a la derrota de Inglaterra por 4 a 1 ante Alemania, el diario británico sensacionalista The Sun, en uno de sus titulares se hizo la siguiente pregunta: “¿Pueden estos jugadores seguir vistiendo la camiseta de Inglaterra?”.
Más allá de las cuestiones con la prensa, a los hinchas lo único que realmente les importa es que su equipo gane. Si eso sucede, todo va a estar bien; y si pierde, depende como sea el resultado y en la etapa de la Copa del Mundo que sea derrotado, van a hablar de éxito o fracaso. Porque los hinchas, con todo nuestro fanatismo y sentimiento, a nuestra manera, también jugamos el mundial.
Ilustración: Bárbara Dana
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